ESCUELA ERGASOFÍA
Ofrecemos la posibilidad de penetrar en el conocimiento de Sí mediante la comprensión de uno mismo.
La meditación no es reflexionar, la meditación no es orar, la meditación no es invocar, la meditación no es visualizar, la meditación no es concentración, la meditación no es recitar mantrams...
«El espíritu es el amo del cuerpo de la misma manera que
un señor es amo de su territorio. Un espíritu inquieto no es
capaz de cuidar de su cuerpo y éste, si no está guiado por el
espíritu, vaga extraviado por el camino de la muerte.
Sin embargo, un espíritu sereno que guía con tranquilidad
al cuerpo es el guardián de la salud y la longevidad».
Chin Kang (s. iv)
¿Qué es la meditación?
JIDDU KRISHNAMURTI, la respuesta apofática sobre la meditación:
Esta es en verdad una
pregunta importante, y si se me permite la insinuación, examinémosla entre
todos. Porque la meditación tiene gran importancia. Puede ser la puerta del
verdadero conocimiento propio, y puede abrir la puerta a la realidad; y en el
hecho de abrir la puerta y experimentar directamente, está la posibilidad de
comprender la vida, que es interrelación. La meditación, el verdadero tipo de
meditación es esencial. Averigüemos, pues, cuál es el tipo correcto de
meditación; y para averiguar qué es lo verdadero, debemos abordarlo en forma
negativa. Decir simplemente que ésta o aquélla es la verdadera meditación, os
dará tan sólo una norma, que adoptaréis y pondréis en práctica; mas esa no será
la verdadera meditación. De modo que, mientras hable de ello, tened a bien
seguirme atentamente y experimentar a medida que prosigamos juntos. Porque hay
diferentes tipos de meditación. No sé si alguno de vosotros los ha puesto en
práctica o se ha entregado a ellos ?retirándose a una habitación cerrada, sentándose
en un rincón oscuro, etc. Examinemos, pues, el proceso total de lo que llamamos
meditación.
En
primer lugar la meditación en la que está incluida la disciplina. Cualquier
forma de disciplina sólo fortalece el “yo”, y el “yo” es fuente de contienda,
de conflicto. Esto es, si nos disciplinamos para llegar a ser algo, tal como lo
hace mucha gente “este mes voy a ser bondadoso, voy a practicar la bondad”,
etc.-, tal disciplina, tal práctica, no puede sino fortalecer el “yo”. Puede
que seáis bondadosos en lo exterior, pero no hay duda de que un hombre que
practica la bondad y tiene conciencia de su bondad, no es bondadoso. De modo
que esa práctica que la gente también llama “meditación” no es, evidentemente,
la verdadera meditación; porque, como ayer fue dilucidado, si practicáis algo,
en eso la mente queda atrapada, y así no hay libertad. Luego viene todo ese
proceso de concentración que también se llama meditación. Os sentáis con las
piernas cruzadas (porque así se usa en la India), o en una silla, en un cuarto
oscuro, frente a un cuadro o imagen, y tratáis de concentraros en una palabra,
o en una frase, o en uno imagen mental, excluyendo todos los demás
pensamientos.
Estoy
seguro que muchos de vosotros lo habéis hecho. Pero los demás pensamientos
continúan afluyendo, y vosotros los rechazáis; y en esa lucha seguís hasta que
sois capaces de concentraros en un pensamiento con exclusión de todo lo demás.
Entonces os sentís complacidos: por fin habéis aprendido a fijar vuestra mente
en un punto, cosa que creéis esencial. De nuevo os pregunto: ¿descubrís algo
por medio de la exclusión? ¿Puede la mente aquietarse mediante la exclusión,
reprimiendo, negando?
Porque,
como lo he dicho, sólo puede haber comprensión cuando la mente está realmente
quieta, no reprimida, no tan concentrada en una idea que ésta llegue a ser
exclusiva, ya sea la idea de un Maestro, o la de alguna virtud, o lo que os
plazca. La mente nunca puede estar quieta mediante la concentración.
Superficialmente, en las primeras capas de la conciencia, puede que por la
fuerza logréis quietud, que aquietéis perfectamente vuestro cuerpo, vuestra mente;
pero, de seguro, eso no es la quietud de todo vuestro ser. Nuevamente: tampoco
eso es meditación. Eso es mera coacción: cuando la máquina desea correr a toda
velocidad, la sujetáis, le ponéis freno.
Al
paso que, si sois capaces de examinar todo interés, todo pensamiento que acuda
a vuestra mente; si lo ahondáis de manera plena, completa; si reflexionáis
sobre todo pensamiento, entonces la mente ya no divagará porque ella habrá
descubierto el valor de cada pensamiento. Dejará, por lo tanto, de sentirse
atraída, lo cual significa que ya no habrá distracción. Una mente susceptible
de ser distraída y que se resiste a la distracción, no esté capacitada para
meditar. ¿Qué es, en efecto, la distracción?
Espero
que pongáis a prueba lo que estoy diciendo, que lo experimentéis mientras
hablo, para descubrir la verdad al respecto. Es la verdad lo que trae
liberación, no mis palabras ni nuestras opiniones. Llamamos distracción
cualquier movimiento que nos aleje de aquello en lo cual creemos que debemos
estar interesados. Escogéis así, un interés determinado, lo que suele llamarse
un “noble interés”, y fijáis vuestra mente en él; pero cualquier movimiento que
os aleje de él es una distracción, y por lo tanto resistís a la distracción.
¿Por qué, empero, escogéis ese interés particular? Porque él os resulta grato,
evidentemente; porque él os da una sensación de seguridad, de plenitud, una
sensación de ser otro. Decís por lo tanto: “debo fijar mi mente en eso”, y todo
movimiento que de ello os aleje, es una distracción. Pasáis vuestra vida
batallando con las distracciones, y fijáis vuestra mente en algo distinto.
Mientras
que, si examináis toda distracción y no sólo fijáis vuestra mente en una
atracción determinada, veréis que la mente ya no será susceptible de ser
distraída, porque ha comprendido tanto la distracción como la atracción. Y, por
lo tanto, la mente es capaz de percepción extraordinaria y extensiva sin
excluir nada. Así, pues, la concentración no es meditación, y disciplinar no es
meditar.
Luego,
están las plegarias, todo ese problema de orar y recibir. También a eso se le
llama meditación. ¿Qué entendemos por orar? En su forma burda, la oración es
súplica; y hay formas sutiles en distintos niveles de la oración. Todos
conocemos la forma burda. Estoy en apuros, me siento desagraciado, física o
psicológicamente, y necesito ayuda. Entonces imploro, suplico; y,
evidentemente, hay una respuesta. Si no hubiera respuesta alguna, la gente no
rezaría. Millones de personas rezan. Sólo rezáis cuando estáis en apuros, no
cuando sois, felices, ni cuando hay en vosotros esa extraordinaria sensación de
ser otro. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando, oráis? Tenéis una formula, ¿no es
así? Con la repetición de una fórmula, la mente superficial se aquieta,
¿verdad? Intentadlo, y lo veréis. Repitiendo ciertas frases o palabras,
gradualmente veréis que vuestro ser se aquieta.
Esto
es, vuestra conciencia superficial se calma; y entonces, en ese estado, sois
capaces de recibir las insinuaciones de algo diferente, ¿no es así? De tal
modo, calmando la mente por medio de la palabra repetida, por medio de las
llamadas oraciones, puede que recibáis indicaciones e insinuaciones no sólo del
subconsciente, sino de cualquiera de las cosas que os rodean; pero eso, por
cierto, no es meditación. Porque lo que recibís tiene que ser agradable; de lo
contrario lo rechazaríais. Así, cuando oráis, aquietando de ese modo la mente,
vuestro deseo es resolver un problema dado, o una confusión, o algo que os
causa dolor. Por lo tanto, buscáis una respuesta que sea satisfactoria. Y
cuando eso lo veis, decís: “No debo buscar satisfacción; me abriré a algo que
sea doloroso”. A tal punto la mente es capaz de jugarse tretas a sí misma, que
hay que darse cuenta del contenido total de este problema de la oración. Uno ha
aprendido una treta: la de aquietar la mente de modo que pueda recibir ciertas
respuestas, agradables o desagradables. Pero eso no es meditación, ¿verdad?
Está
luego ese asunto de la devoción por alguien del amor que prodigáis a Dios, a
una imagen, a algún santo o algún Maestro. ¿Es eso meditación? ¿Por qué fluye
vuestro amor hacia Dios, hacia eso que no os es posible conocer? ¿Por qué nos
sentimos tan atraídos por lo desconocido y le consagramos nuestra vida, nuestro
ser? ¿Acaso este problema de la devoción no indica que, siendo desgraciados en
nuestra vida, no teniendo relaciones vitales con otros seres humanos, tratamos
de proyectarnos en algo, en lo desconocido, y adoramos lo desconocido?
Bien
sabéis que las personas devotas a alguien, a algún Dios, a alguna imagen, a
algún Maestro, son generalmente crueles, obstinadas. Son intolerantes con los
demás, dispuestas a destruirlos, porque se han identificado en grado sumo con
esa imagen, con ese Maestro, con esa experiencia. Por tanto, lo repito, el
fluir de la devoción hacia un objeto, creado por uno mismo o por otra persona,
no es ciertamente meditación.
¿Qué
es, pues, la meditación? Si ninguna de esas cosas lo es; la disciplina, la concentración,
la devoción ¿qué es entonces la meditación? Esas son las formas que conocemos,
con las cuales estamos familiarizados. Mas para descubrir aquello con lo cual
no estamos familiarizados, primero hemos de estar libres de las cosas que nos
son familiares, ¿no es cierto? Si no son verdaderas, deben desecarse. Sólo
entonces seréis capaces de descubrir qué es la verdadera meditación. Si nos
hemos acostumbrado a los falsos valores, esos falsos valores deben cesar a fin
de encontrar el nuevo valor, y no porque yo lo diga, sino porque vosotros
mismos lo habéis pensado y lo habéis sentido. Y cuando esos valores se han ido,
¿qué os queda? ¿Qué residuo queda del examen de esas cosas? ¿No revelan ellas
el proceso de vuestro propio pensar?
Si
os habéis entregado a esas cosas y veis que son falsas, descubrís por qué os
habéis entregado a ellas; y, por lo tanto, el examen mismo de todo eso revela
el rumbo de vuestro propio pensar. De modo que el examen de estas cosas es el
principio del conocimiento propio. La meditación, pues, es el principio del conocimiento
propio. Sin ese conocimiento, podéis sentaros en un rincón, meditar en los
Maestros, desarrollar virtudes; todo ello es ilusión y no tiene sentido alguno
para la persona que realmente desea descubrir qué es la verdadera meditación.
Porque, no habiendo conocimiento propio vosotros mismos proyectáis una imagen
que llamáis el Maestro; y esa imagen se convierte en el objeto de vuestra
devoción, por el cual estáis dispuestos a sacrificaros, a construir, a
destruir. Por consiguiente, sólo hay una posibilidad de conocernos a nosotros
mismos en la medida en que examinamos nuestra relación con esas cosas, lo cual
revela el proceso de nuestro propio pensar; y por lo tanto, surge la claridad
en todo nuestro ser. Este es el principio de la comprensión, del conocimiento
de uno mismo. Sin conocimiento propio no puede haber meditación; y sin
meditación no puede haber conocimiento propio. Encerraros en un rincón,
sentaros frente a un cuadro, desarrollar virtudes mes tras mes, una virtud
distinta cada mes: verde, púrpura, blanco y todo lo demás- ir a la iglesia,
celebrar ceremonias: ninguna de esas cosas es meditación o verdadera vida
espiritual.
La
vida espiritual nace al ser comprendida la interrelación, con lo cual comienza
el conocimiento propio. Ahora bien, cuando habéis pasado por eso y habéis
abandonado todos esos procesos, que sólo revelan el “yo” y su actividad, existe
una posibilidad; la de que la mente pueda estar serena no sólo en la superficie
sino también interiormente, ya que entonces cesan todas las exigencias. No se
persigue la sensación, no hay sentido alguno de devenir, de que llegue a ser algo
en el futuro, en el mañana.
El
Maestro, el iniciado, el discípulo, el Buda: ya sabéis que eso es escalar los
peldaños del éxito, llegar a ser algo. Todo eso ha cesado porque implica el
proceso del devenir. Sólo hay cesación del devenir cuando existe la comprensión
de lo que es, y la comprensión de lo que es, nos viene por medio del
conocimiento propio, el cual revela exactamente lo que uno es.
Y
cuando cesa todo deseo (lo que sólo puede ocurrir mediante el conocimiento
propio), la mente está serena. La terminación de todo deseo no puede ser obra
de la coacción, de la devoción, de la oración de la concentración. Todo ello
acentúa simplemente el conflicto del deseo en los opuestos. Más cuando todo eso
cesa, la mente está de veras serena, y no sólo de manera superficial, en los
niveles superiores, sino en lo íntimo y profundo. Sólo entonces es posible que
ella reciba aquello que es inconmensurable.
La comprensión de todo esto, no
sólo de una parte, es meditación. Porque si no sabemos meditar, tampoco sabremos
actuar. La acción, después de todo, es el conocimiento propio en la vida de
relación; y el mero hecho de encerrarse en un recinto sagrado quemando
incienso, leyendo acerca de ajenas meditaciones y de su significación, es
absolutamente inútil, carece de sentido. Es una maravillosa evasión. Pero el
percibir toda esa actividad humana que somos nosotros mismos: el deseo de
lograr, el deseo de triunfar, el deseo de tener ciertas virtudes todo lo cual
acentúa el “yo” cómo lo importante ahora o en el futuro, el devenir del “yo”, el
percibir todo eso en su totalidad, es el principio del conocimiento propio y el
comienzo de la meditación.
Entonces,
si estáis realmente alertas, veréis que ocurre una transformación maravillosa
que no es una expresión verbal, que no es “verbalización”, mera repetición,
sensación. De un modo efectivo, real, vigoroso, ocurre algo que no se puede
denominar, que no se puede definir. Y eso no es el don de unos pocos, ni un don
de los Maestros. El conocimiento propio es posible para todos, si estáis
dispuestos a experimentarlo, a intentarlo... y sólo entonces, mediante el
conocimiento propio y la verdadera meditación, surge la libertad.
LA RESPIRACIÓN TUBULAR O RESPIRACIÓN VAGAL (para la introducción a la Recapitulación)
INTRODUCCIÓN A LA TÉCNICA DE LA ATENCIÓN PLENA y ATENCIÓN DIVIDIDA (para la práctica del acecho)

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